COSMOS Y MICROCOSMOS

 

 

Lo que llamamos Megacosmos -por darle un nombre lo más apropiado posible- constituye el conjunto de galaxias separadas por millones de años-luz en lo material y todo aquello que por ser inmaterial tiene para el hombre una existencia evi­dente pero irreal para sus sentidos y para su inteli­gencia. Es… el Misterio. De ello jamás hablan los verdaderos esoteristas; y si se ven forzados, lo hacen de manera tal que no puedan extraerse defi­niciones que, por sus naturalezas, nieguen, limitán­dolo, aquello de lo cual tratan.

 

En el origen y la finalidad del Megacosmos están los Enigmas, todo lo que ignoramos e ignora­remos mientras estemos bajo nuestra humana con­dición. Ni siquiera podemos definirlo por negación, pues negar algo es ya darle una condición y abrir opinión.

 

Nuestra única seguridad interna es que en ello está Dios; pero no el Dios bueno, o con cualquier otro atributo humanizado. Simplemente Dios. Simplemente Misterio. Es lo que ignoramos, sacra­lizado por su dimensión sobrehumana, para-racional y totalmente fuera de nuestro alcance conceptual…

 

Los indos le llamaban la No-Cosa y lo mismo hicieron todos los esoteristas de todos los pueblos. Todo está allí y nada está allí. Y no nos excluimos nosotros mismos, los Seres Humanos.

 

 EL COSMOS

 

De la primera Dualidad – Teos y Caos, Pu­rusha y Prakriti o como se la quiera llamar- nació el Cosmos Inteligible, el que tenemos posibilidad de entender. De la entropía eterna del Megacosmos pasamos ahora a otra entropía, el Cosmos, que es dinámico, que marcha, se transforma y en el gran Juego de Maya, enfrenta miles de espejos. En él nacemos y morimos y renacemos miriadas de veces. .

 

El Cosmos es axiológico y tiene una estructura piramidal que procura la selección de los más aptos con el fin de que ayuden a los menos aptos. En este Mundo hay verdad y mentira, placer y dolor, vida y muerte. Los ciclos son definidos y definitorios; existe el Karma. Se hace mérito o demérito. El número de elementos que lo componen es fijo y siempre igual, pero sus combinaciones son tan numerosas que bien podemos llamarlas infinitas.

 

Aquí todo es válido, todo tiene propiedad, pero asimismo todo es relativo. Conocemos lo grande por comparación con lo pequeño, aquello que en presencia de algo aún mas chico se vuelve compa­rativamente grande. Tenemos idea del movimiento por relación entre dos o mas cuerpos; según en el que fijemos nuestra atención, diremos de él que está inmóvil. Si por ejemplo viajamos en un auto­móvil y nos concentramos en una montaña a la vera del camino, nos parecerá que es nuestro vehí­culo el que corre, pero bastaría con bajar los ojos y fijarlos en la guantera del coche para que la mon­taña se nos haga fugitiva.

 

Nuestra bendición y nuestra maldición en este Cosmos es que siempre, alguna- vez, alcanzamos lo que deseamos y damos veracidad a lo que creemos veraz, y viceversa. Percibimos a Dios si en El cree­mos; la fe es el corazón de toda inteligencia.

 

Este Cosmos, que nos es inteligible sin mas intermediarios, es nuestro propio habitáculo: la Galaxia a la cual pertenecemos, el Sistema Solar al cual pertenecemos, el Planeta al cual pertenece­mos, el País que habitamos y el suelo que pi­samos.

 

Nuestra excesiva consubstanciación con nues­tro cuerpo material y con su entorno nos ha muti­lado los sentidos para percibir, salvo como sensa­ciones primarias, toda vida que se desarrolle en una frecuencia vibratoria que escape, por debajo o por arriba, a nuestro estrecho espectro septenario, del cual tan sólo hemos desarrollado cuatro rayos, y en este cuarto estamos fijos, percibiendo los otros seis como extremidades extendidas de un Hexagra­maton que rodease un punto central

 

 EL MICROCOSMOS

 

En sentido amplio lo constituye el Hombre, y en sentido estricto cada hombre o mujer. El es­quema está planteado en la actualidad según una dualidad básica: Yo y mi Entorno. Yo soy el punto central de este esquema, Y mis otras seis posibilida­des de concienciar se reducen, al considerar el Huevo Aurico de mi Entorno, a cinco -que son mis cinco sentidos. Ha nacido el Pentagramaton. ¡He aquí al Hombre!

 

En el Hombre del siglo XX. las herramientas, por sofisticadas que sean, no pasan de ser extensio­nes de nuestros brazos o nuestros pies. La radio lo es de nuestras orejas. La televisión de nuestra vista. Un satélite artificial no es más que la trans­mutación de la piedra que lanza al aire un niño que juega. Todas son extensiones de nuestras posibili­dades, pero no profundizaciones.

 

La cultura del siglo XX es una cultura hori­zontal, que se expande rápidamente como una masa de aceite, pero que, a medida que se expan­de, se adelgaza y se diluye en una fibrilación perimetral. Y aparecen huecos y desgarramientos en su propio seno. La sobreextensión la convierte en especular y sus características la fuerzan a jue­gos caleidoscópicos desconcertantes de surrealismo artístico, social, económico, psicológico y religioso. No hay raíces ni perspectivas. El sistema está bloqueado.

 

El Hombre desplaza velozmente su cuerpo, pero viaja atrapado en sí mismo, ciego y sordo, sin capacidad para el asombro filosófico y menos aún para la. proyección metafísica. No se concibe el bien, sino la beneficencia; no se aprecia la paz del corazón sino la comodidad de las nalgas; no se medita sino que se especula. El Mundo se ha trans­formado en una cesta de grillos presos que hacen mucho ruido pero que no pueden trascender las mallas de un parloteo desesperado, aturdidos todos por sus propias colisiones psicológicas.

 

 

Una buena apertura es el conocer otras dimen­siones, donde moran otros tipos de seres. Esos que, cuando el Hombre no estaba contaminado por su propia aglomeración exterior e interior, percibía.

 

Para ello es indispensable que el Hombre se sienta de nuevo parte del Universo; ni su dueño ni su esclavo, simplemente parte de ese Macrobios que es el Cosmos en el cual está insertado el Microcosmos o Antropos. Descartemos las contra­dicciones inventadas en la Cámara de los Espejos y vayamos a las armonizaciones que nos son naturales.

 

Fragmentos de "LOS ESPIRITUS ELEMENTALES DE LA NATURALEZA" de Jorge A. Livraga

 

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