HOLDERLIN EL HERALDO DE LOS DIOSES

 

 

Hölderlin, el Heraldo de los Dioses

 

 

 

    "En lo divino creen únicamente aquellos que lo son".

 

    Johann Christian Friedrich Hölderlin es uno de los grandes poetas románticos de Alemania. Nació en Lauffen (Wurttemberg), el 20 de marzo de 1770, en el seno de una familia de la alta burguesía fiel al Duque. Su infancia transcurre tranquila entre la naturaleza, periodo que sería ulteriormente añorado por el poeta en su vida adulta. Después de pasar por las escuelas monacales accedió al Seminario Superior de Tubinga, donde fue compañero y amigo de Hegel y Schelling. Más tarde se lamentará Hölderlin de la edulcoración espiritual padecida en estos años de su educación. Una vez ordenado pastor no ejercerá sin embargo nunca, abandonando a su vez el compromiso con su prometida,   rechazando de este modo  llevar una vida acomodada pero que en realidad le habría apartado de la razón de ser de su vida: la poesía; se resigna en cambio a ser un humilde  magister de niños de familias acomodadas. Ello le permite, con la mínima servidumbre posible, irse manteniendo en el mundo (junto con las periódicas ayudas que recibe de su madre). No obstante, pasará bastantes dificultades económicas que le obligarán a vivir en la máxima austeridad. 

 

    "Pues aquellos que nos han otorgado el fuego celeste, es decir, los dioses, nos han dado también el divino sufrimiento".

 

    Su carácter difícil le obliga a cambiar frecuentemente de lugar, no siéndole posible arraigar en parte alguna, porque nunca armoniza su elevado mundo interior con la realidad social con la que es confrontado. Bajo una aparente suavidad externa se oculta una férrea voluntad de cumplir el destino para el que ha sido facultado por los dioses: acceder profundamente hacia las regiones de la poesía. Lo que la sociedad burguesa tenga que aducir a esto, ya sea a través de las quejas de Goethe o Schiller, nada vale frente a traicionar el mandato con el que el poeta ha venido a la vida y con el que se sabe investido.

 

    "El poeta se consumiría en el fuego celeste, pues nunca ha soportado la divina llama de la cautividad".

 

    Hölderlin ha venido al mundo con un poderoso demon interior, una fuerza inspiradora que actúa desde el fondo de su ser con un anhelo insaciable de infinito y que acabará por desbordarle y arrojarlo a la locura.  A él le ha sido concedido ver lo que no pueden ver el resto de los hombres, pero como contrapartida no podrá entender nunca el mundo de los hombres, del cual se encontrará ajeno durante toda su vida, condenado a desconocer la felicidad del mundo. Pues,  ¿qué es una vida atormentada, triste y solitaria frente a la intuición de una belleza que excede todo lo imaginable para el hombre? ¿Qué es la felicidad que el hombre puede conseguir en esta tierra en comparación con hollar la casa de los dioses?

 

    "Quien marcha sobre su dolor marcha hacia las alturas".

 

    La naturaleza, la gran casa y madre del hombre, es uno de los temas recurrentes en Hölderlin, que canta su belleza, su armonía, sus seres, así sus ciclos de muerte y renovación perpetua. La divinidad no se refleja sino en el mundo natural. El poeta se sustrae del mundo de los hombres y se recoge en la contemplación de la naturaleza, a la que anhela regresar, fundiéndose en su ser. También, como no, Grecia, el pueblo de la belleza y de las gestas heroicas ocupa un lugar principalísimo en la obra de Hölderlin. Su novela Hiperión es una elegía a la grandeza de una Grecia ya extinta, sumergida en el olvido de aquellos tiempos heroicos donde brotaban la amistad, el amor, las luchas por la libertad, donde el hombre convivía en paz con la naturaleza y donde aspiraba a las más altas metas.

 

   " ¿Sabes lo que lloras? No lloras algo que haya desaparecido en tal o cual año, no se puede decir exactamente cuándo estaba aún aquí, ni cuándo partió; sino que estaba aquí, está aún aquí, está en ti. Tú buscas una época mejor, un mundo más hermoso".

 

    Dentro del mundo, cada hombre habita en un mundo propio y Hölderlin lo hace en el elemento más ligero, en el éter. Sus ojos contemplan lo bello y elevado, no lo útil y práctico. Él vive en otro tiempo, ajeno a los talleres y los ferrocarriles, a las máquinas y al capital. Hölderlin soporta con dificultad el mundo en el que vive, tan alejado de la frescura elemental. Los antiguos dioses ya se fueron y los nuevos aún no han aparecido; mientras tanto el hombre pone sus miras cerca de lo cotidiano. La técnica y el comercio mutilan en el hombre la capacidad para la belleza.    

 

    Están los hombres como encadenados a su propia actividad y, en el estruendo de los talleres, sólo oyen su propia voz. Como salvajes, trabajan incansablemente y con brazo duro, pero su labor resulta siempre infructuosa, estéril, como la de las Furias.

Sus incursiones cada vez más profundas en la poesía le van dejando ciego para el mundo. Al contrario que Goethe o Schiller, que saben poner barreras a su sensibilidad, Hölderlin está destinado a sucumbir ante los embates terribles de su interior o de su destino, como se quiera ver. Aquellos saben convivir y prosperar con la época en que viven, son naturalezas conciliadoras; en cambio Hölderlin no posee esa facultad de adaptación y su vida es una recepción constante, con excepcionales momentos de tranquilidad, de decepciones y tristezas que le van quebrantando su envoltura mundana a la vez que lo hacen profundizar en su sentimiento, transformando el dolor en poesía. Su vida mundana es zozobra, extrema debilidad, y a la vez y a fuerza de desencuentros con el exterior profundización hacia sus adentros. Es un poeta destinado al abismo.

 

    "Jamás comprendí las palabras de los hombres, crecí en los brazos de los dioses"

 

    Recomendado por Hegel como preceptor de los hijos del banquero Gontard, en enero de 1796, Hölderlin parte a Frankfurt y se instala en casa de éste. Una vez allí no tardará en enamorarse perdidamente de su mujer, Susanne Gontard, que muestra desde el principio su adhesión personal y su interés por la vocación personal del poeta. Viendo en ella el ideal de "belleza griega" la convierte en la Diotima de sus versos. Diotima se convierte en el eslabón que une dos tiempos: el del poeta y el de la realidad. Por fin el mundo presenta a Hölderlin una naturaleza afín.

 

   " ¡Oh!, en tiempos que ya fueron vividos, tú fuiste hermana mía, o esposa quizá",

 

    Tuvo contacto con muchos de los grandes hombres de la cultura alemana de su tiempo; si a Schiller lo frecuentó en Jena, mientras seguía unos cursos dictados por Fichte, a Goethe y Herder los trató en Weimar. No obstante su demonio interior jamás le permitirá profundizar en el ambiente de estos hombres, que llegado el momento no llegaran a comprenderle y que supondrán una decepción más para el poeta. La soledad más absoluta es la verdadera compañera de Hölderlin a lo largo de su vida.

…de pronto el genio creador desciende sobre nosotros, nuestro espíritu enmudece entonces y nuestro cuerpo sufre una sacudida hasta lo más hondo, como tocado por el rayo.

 

    El lenguaje de Hölderlin es etéreo, ligero, volátil, como impregnado de incienso. Su caudal de palabras es inferior al de Schiller o Goethe, porque él prefiere proceder sin adornos que sobrecarguen la sublime sencillez del mundo celeste. Hölderlin quema todo lo terrestre y lo transforma en éter: Susanne Gontard se convierte en Diotima; Alemania es una patria mística, los sucesos se convierten en sueños y el mundo en mito. Su poesía es aire y fuego, pero nunca tierra. Prefiere que su lenguaje sea puro a que sea rico. El ritmo, en Hölderlin, va tomando más libertad a medida que se aflojan los lazos de las facultades mentales del poeta. La razón queda sacrificada a la inspiración.

 

    "Poco nos conocemos a nosotros mismos, pues llevamos dentro un dios que nos domina".

 

    Hölderlin ocupa un lugar de gran relevancia en el pensamiento de Heidegger, el filósofo para el cual el lenguaje es la casa del ser y los poetas y pensadores sus guardianes y emisarios. Hölderlin no es sino un mensajero, un ser con aptitud para comunicarse con el Logos. El hombre, antes que un animal racional,  es el ser del Logos, de la palabra. El Logos no es la razón. Más bien, y siguiendo a Heráclito, el Logos es la Inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen en la guerra que es la existencia misma. Se trata de una inteligencia sustancial, presente en todas las cosas. El Logos no sólo rige el devenir del mundo, sino que le habla (indica, da signos) al hombre, aunque la mayoría de las personas no saben escuchar ni hablar. Ese olvido es el que rige precisamente nuestra época, en la que nuestra teología es la técnica, centro de la transformación del mundo.

 

    "El hombre es un Dios cuando sueña y no es más que un mendigo cuando piensa".

 

    El comienzo del desequilibrio del poeta, bien puede datar de 1798, cuanto se ve obligado a abandonar Frankfurt e interrumpir su relación con Susanne. La naturaleza de Hölderlin no había tardado en colisionar con la sarcástica superioridad con la que miraba la vida el marido de Susanne. A partir de entonces, Hölderlin se va aproximando al abismo con premura. Como sus crisis mentales se hicieran cada vez más frecuentes, en 1806 fue internado en una clínica en Tubinga, sin que se produjera mejoría en su estado. Un ebanista de la misma ciudad, entusiasmado por la lectura de Hiperión, lo acogió en su casa en 1807. Allí permaneció hasta su muerte, en unas condiciones de locura pacífica que se prolongaron durante treinta y seis años. Pasaría el resto de sus días escribiendo extraños versos que firma con el nombre de Scardanelli. Cuando Hölderlin está ya enfermo de espíritu, cuando ha perdido las facultades mentales, pierde la capacidad para la vida inferior, pierde el lenguaje cotidiano de la conversación, pero el ritmo sonoro sigue fluyendo siempre de sus labios temblorosos. Muere el 7 de junio de 1843 en Tubinga, en la torre a orillas de Néckar donde le llevará su locura.

 

DIOTIMA

(De 1796 a 1798)

 

Callas y sufres, no te comprenden

¡Oh santo espíritu! Agostándote callas,

¡Pues vanamente entre los bárbaros

buscas al rayo del sol  los tuyos,

las almas grandes, tiernas, que nadie halló!

Mas huye el tiempo. Empero canto mortal verá

el día, ¡oh Diotima! que en pos de los dioses

y en pos de los héroes te nombre su igual.

 

 

CANCIÓN AL DESTINO DE HIPERION

 

Vosotros paseáis allá arriba, en la luz,

por leve suelo, genios celestiales;

luminosos aires divinos

ligeramente os rozan,

como la inspiradora con sus dedos

unas cuerdas sagradas.

 

Sin destino, tal dormido niñito,

alientan los sagrados seres;

púdicamente oculto

en modesta corola,

florece eternamente

para ellos el espíritu;

con pupila beata

miran en la tranquila

claridad inmortal.

 

Mas no es dado a nosotros

tregua en paraje alguno;

desaparecen, caen

los hombres resignados

ciegamente, de hora

en hora, como agua

de una peña arrojada

a otra peña, a través de los años

en lo incierto, hacia abajo.

 

Autor: Antonio Jurado-

 

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