Khalil Gibran y Mayy Ziyadeh

KHALIL GIBRAN y MAYY ZIYADEH

“Lady Halcón” en el siglo XX

 

            Tras la desaparición de Gibran, poeta libanés fallecido en 1931 y mundialmente conocido por su libro “El profeta”, hemos querido rendir homenaje al amor que presidiera su vida, y que rememora de algún modo una hermosa leyenda traspasada al cine en 1985. Dirigida por Richard Donner y protagonizada por Michelle Pfeiffer, “Lady Halcón” cuenta la historia de una pareja de enamorados, víctimas de un encantamiento y condenados a no verse nunca: ella, convertida en halcón durante el día, acompaña de manera inseparable al caballero, pero al llegar la noche, este se transforma en lobo, justo cuando la dama recobra su apariencia femenina.

Algo similar ocurrió con Khalil Gibran y Mayy Ziyadeh. Cuando Gibran publica en 1912 su novela “Alas rotas”, Mayy le envía una primera carta, haciéndole llegar su admiración por el libro. Él se apresura a contestar y así se inicia una correspondencia que durará casi 20 años, hasta el final de la vida del poeta.

El hecho de que jamás llegaron a encontrarse es algo que nos llama la atención, y nos lleva a pensar que la lejanía de la amada fue el fuego que alimentó de continuo la obra universal del artista, dando lugar a sus mejores creaciones. Como él mismo afirma en una de sus cartas: “El amigo ausente puede estar más próximo y cercano que el amigo presente, ¿no es el monte más impresionante y de más clara apariencia para el que marcha por la llanura que para el que vive en él?

 

 

Él, el lobo. Habiendo dejado su patria por última vez en 1903, ¡cuánto deseó la vuelta!, pero las circunstancias, siempre al acecho, le obligaron a permanecer en Estados Unidos. Y si bien dedicó grandes esfuerzos a la revitalización de la cultura árabe, Gibran se retrata a sí mismo consagrado a la causa de la Humanidad, y une a su magnífica personalidad de escritor, la de pintor y dibujante, dejando reflejado en su obra todo el encanto de Oriente y Occidente, con rasgos románticos y clásicos, eminentemente simbólicos e idealistas.

Entre sus obras más conocidas destacan “El profeta”, “El jardín del profeta”, “El loco”, “La procesión”, “Las ninfas de los valles”, “Arena y espuma”, etc.

 

Ella, el halcón. Nacida en la ciudad de Nazareth, de aguda inteligencia, con inclinación a la ciencia y gran memoria, era poco habladora debido a su tendencia natural a la reflexión.

Cuando su familia se trasladó a Egipto, ya conocía varios idiomas y en 1911 entró en la universidad de El Cairo, siendo la primera muchacha árabe de la Facultad de Letras. Además, fue famosa como oradora en diversas capitales árabes, así como por sus salones literarios: durante cerca de quince años, y cada tarde de los martes, abrió su casa para recibir a escritores y poetas, pues el hecho de conocer perfectamente cinco idiomas le permitía ser anfitriona de gran cantidad de personalidades, tanto árabes como extranjeras.

 

¿Por qué no llegaron a encontrarse? En una época en que la casi totalidad de las mujeres árabes vivían veladas, a excepción de una minoría, ella, Mayy Ziyadeh, la periodista liberada, la osada escritora y sin par oradora, vivió prisionera de la educación conservadora de entonces, que censuraba el que una joven declarase sus sentimientos. Y aun cuando Gibran le revela en sus cartas lo hermoso y limpio del sentimiento que siente hacia ella, su alma femenina oscila entre avanzar y retroceder, sin poder liberarse de las cadenas que le atan.

 

Las cartas. El conjunto de las cartas que el poeta escribiera a la mujer que amó, y que ella se atrevió a publicar tras su muerte, constituye una maravillosa literatura epistolar que nos revela a un Gibran íntimo y sincero, y nos hace añorar de algún modo ese ritmo reposado y casi perdido del “viejo arte de escribir cartas”, en las que –frente a la superficialidad de las comunicaciones actuales– sí tenía cabida la expresión del alma, por cuanto en la lejanía trata de evitarse lo vulgar para acercarse con lo mejor de sí mismo.

 

 

LAS CARTAS (fragmentos)

11 de junio de 1919

Mi querida señorita Mayy:

Vuelvo de un prolongado viaje al campo y me encuentro con sus tres cartas. He dejado todo lo que se hallaba esperándome en este despacho, para pasar el día atento a su conversación…

(Sin embargo, el lenguaje escrito dificulta a veces el entendimiento entre ambos)

(…) Amiga mía coloquemos nuestras diferencias –la mayoría de las cuales son verbales– en un Cofre de Oro, y tirémoslo al Mar de las Sonrisas. Si ya hay siete mil millas que nos separan, no añadamos ni un palmo más a esta enorme distancia, intentemos más bien acortarla mediante el anhelo de la fuente y la sed de eternidad.

(…) Cuando comenta los dibujos de mi libro, ¿cómo puede decir: “Ustedes, los artistas…”? Usted, Mayy, es uno de los nuestros y está entre nosotros. Se encuentra entre los hijos e hijas del arte, como la flor está entre las hojas. Si no, dígame, Mayy, dígame cómo aprendió todo lo que sabe, y en qué mundo se reunieron esos tesoros de su alma, en qué época vivió su espíritu antes de que llegara al Líbano. En el genio hay un secreto más profundo que el de la vida…

 

25 de julio de 1919

Desde que le escribí hasta ahora, la he tenido presente. He pasado largas horas pensando en usted, hablándole, interrogando sus misterios e informándome sobre sus secretos. Y es asombroso que, frecuentemente, haya sentido la presencia de su esencia etérea en este despacho espiando mis movimientos, dirigiéndose a mí, rodeándome, manifestando su opinión sobre mi conducta y mis actos.

Una vez me dijo: “¿No se da entre las mentes una conversación y no se produce un intercambio entre las ideas, que la aprehensión sensorial no puede efectuar?”. Últimamente se me hace patente la existencia de un vínculo intelectual sutil, vigoroso, extraño, cuya naturaleza e influjo difieren de los de cualquier otro, pues es más intenso, sólido y permanente; no comparable a los lazos de la sangre, biológicos o morales. Ni uno solo de los hilos de este lazo está tejido por los días y las noches que pasan entre la cuna y la tumba, pues puede darse entre dos a los que ni el pasado ni el presente han reunido y a los que quizá ni el futuro reunirá.

En este vínculo, Mayy, guarda el alma un oculto entendimiento mutuo, algo así como una profunda canción tranquila que oímos en la calma de la noche y que nos traslada más allá del día, del tiempo, de la eternidad…

 

9 de noviembre de 1919

He pasado los meses de verano en una casa aislada, alzada como un sueño entre el mar y el bosque…

(…) La conversación que el Tiempo mantenía desde el mar la oí por vez primera cuando tenía ocho años y me quedaba perplejo ante mí mismo. Me revestía entonces de mi vida, y empezaba a combatir con mis muchas preguntas la paciencia de mi difunta madre. Esa es la voz que oigo hoy, preguntando las mismas cosas, pero a la Madre total, que me responde sin palabras y me hace comprender cosas que, cada vez que he intentado manifestarlas a los demás, se transformaban en profundo silencio al ser proferidas por mi boca. Hoy estoy sentado a la orilla del mar, mirando al punto más lejano del horizonte azul y haciendo igualmente mil y una preguntas. ¿Habrá alguien que las conteste en nuestra tierras? ¿Se abrirán las puertas del tiempo, aunque solo sea por un segundo, para que veamos los secretos y enigmas que hay tras ellas?…

 

 

28 de enero de 1920

Permítame que le diga de nuevo que odio la ironía, sutil o no, entre amigos, y la hipocresía y el artificio en todas las cosas, y lo odio porque veo en ello las consecuencias de la civilización de la máquina, que va sobre ruedas porque está sin alas…

(…) Sin embargo, usted, Mayy, es una de las hijas de la nueva mañana, ¿por qué no despierta a los durmientes? La muchacha dotada ocupó y ocupará el puesto de mil hombres capacitados. No dudo de que si llama a esas almas perdidas, perplejas y esclavizadas, con la fuerza de la constancia despertará en ellas la vida, la determinación, el deseo de subir a la montaña. Haga esto, y confíe en que quien vierte aceite en la lámpara, llena la casa de luz…

 

21 de mayo de 1921

(…) Tú, Mayy, eres uno de los tesoros de la vida, y agradezco  a Dios el que seas de una nación a la que yo pertenezco, y vivas en un tiempo en el que vivo yo. Cada vez que te imagino viviendo en el siglo pasado o en el futuro, alzo mi mano y la agito en el aire, como queriendo disipar una nube de humo de delante de mi rostro…

 

5 de octubre de 1923

No, Mayy, no tenemos que hacernos reproches, sino entendernos. Y esto no es posible si no hablamos con la sencillez de los niños. Tú y yo sabemos que amistad y “redacción” no se ponen fácilmente de acuerdo. El corazón, Mayy, es sencillo, y las manifestaciones del corazón son elementos simples. Pero escribir es un compuesto social, ¿qué dirías si nos dejamos de redacción por una palabra sencilla?

“Vives en mí y yo vivo en ti; lo sabes, y lo sé”.

¿Qué nos impedía pronunciar estas palabras el año pasado? ¿La vergüenza, el orgullo, los convencionalismos o qué? Desde el principio sabíamos esta verdad básica, ¿por qué, pues, no la hemos manifestado con la sinceridad de los creyentes auténticos y libres?

(…) Te digo, Mayy, y te lo afirmo ante el cielo y la tierra y lo que hay entre ambos, que no soy de quienes encuentran en sus días y sus noches momentos desocupados, y los llenan de pasatiempos amorosos, ni de quienes minimizan los secretos de sus espíritus y los misterios de sus corazones, y los esparcen ante cualquier viento que sopla. Me preocupo mucho, como todos los hombres que tienen muchas preocupaciones; ansío lo grande, lo noble, lo bello, lo puro, como algunos hombres, y soy un extraño solitario y salvaje como otros, a pesar de mis setenta mil amigas y amigos. Como algunos hombres también, no me inclino por esas acrobacias sexuales conocidas por la gente con buenos nombres y epítetos aún mejores. Yo, Mayy, como tu prójimo y el mío, amo a Dios, a la vida, a la gente, sin que hasta ahora los días me hayan exigido que desempeñe un papel inadecuado a nuestros semejantes.

Pero te he escrito y me has contestado recelosa… ¡Ay, si supieras cuán cansado estoy de lo innecesario! ¡Si supieras cuánto necesito la sencillez! ¡Si supieras la nostalgia de absoluto que tengo, de un absoluto blanco, del absoluto en la tempestad, del absoluto sobre la cruz, del absoluto que llora sin verter sus lágrimas, que ríe sin avergonzarse de su risa! ¡Si supieras, si supieras!…

 

 

8 de octubre de 1923

(La carta contiene dos fotografías, escritas en el anverso)

Dime, ¿has visto en tu vida dos rostros más bellos que estos? Yo creo que son la más elevada manifestación del arte griego, cuando el arte griego estaba en la cima. Siempre que visito Washington voy al Museo y me encamino directamente a la Sala Griega. Me siento un rato ante los dos rostros, y luego salgo sin mirar ni a derecha ni a izquierda, para no perturbar esta belleza sagrada con otra hermosura.

Dios haga feliz la mañana del dulce y hermoso rostro. Gibran

 

***

El 10 de abril de 1931, tan solo dos semanas antes de la partida definitiva de Gibran hacia el Absoluto que anhelaba, el correo depositó en manos de Mayy una última carta conteniendo un dibujo y una sencilla dedicatoria: “A Mayy, de Gibran”, afirmándole que esa llama azul de ambos jamás se apagaría.

 

En la seguridad de que su luz alumbra desde entonces miles de corazones, extraemos de uno de sus maravillosos libros, las palabras del propio Gibran, que traen a nuestras conciencias recuerdos de futuro:

“Vine a decir una palabra y la he de decir ahora. Y si la muerte se opone, será pronunciada por el Mañana, porque el Mañana nunca deja un secreto en el libro de la Eternidad.

Vine a vivir en la gloria del Amor y a la luz de la Belleza, reflejos de Dios. Aquí estoy, vivo, y no he de ser destronado del dominio de la vida, porque a través de mi palabra viviente viviré en la muerte.

Vine aquí para ser de todos y estar junto a todos, y lo que haga hoy en mi soledad repercutirá mañana en los ecos de la multitud.

Lo que digo ahora con un solo corazón será repetido mañana por miles de corazones”.

 

M.ª Teresa Cubas

Recogido de la Revista ESFINGE

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