LA CANCION DE TROYA

 
 
Me volví a sonreirle en espera de su habitual expresión de camaradería, pero en aquella ocasión olvidó nuestro pequeño ritual. Miraba hacia el frente, a un punto que yo ignoraba. Una paz grave y controlada se había extendido por su atormentado rostro; de pronto sentí como si condujera a un desconocido. No me habló ni una sola vez durante nuestro camino hacia el núcleo de la batalla, ni me sonrió en ningún instante. Aunque debería haberme desanimado, inexplicablemente no fue así. En lugar de ello me sentía optimista, como si algo de él influyera en mí.
 
Luchó mejor que nunca, al parecer empeñado en concentrar toda su enorme gloria en el espacio de un solo día. Utilizaba la espada en vez del hacha y lo hacía en absoluto silencio, como cuando un rey realiza su gran sacrificio anual a la divinidad. Aquel pensamiento suscitó otro en mí y de repente comprendí cuál era la diferencia que observaba en el él. Siempre había sido príncipe, nunca rey. Aquel día era un soberano.
 
 
Ante nosotros estalló un deslumbrante destello de un blanco fuego. El tronco de corceles retrocedió y tuve que cubrirme los ojos por temor a quedar cegado. Cuando el efecto del deslumbramiento se disipó, me volví a mirar a Aquiles.
 
Por primera vez en aquel día me miró. le devolví su mirada mudo de asombro. Era como si los rayos jugaran en torno a su cabeza, sus dorados ojos estaban iluminados de alegría y se reía de mis temores.
 
¿Lo ves? Mi abuelo, se prepara para llorar mi muerte. Me considera un adecuado descendiente suyo. He sido llamado. Hoy moriré.  El padre Zeus se prepara para mi muerte. 
 
 
El dios, que había contenido su pena bastante tiempo, la desató sobre nuestras cabezas y toda la bóveda celeste estalló en blancos e ígneos relámpagos. Los caballos se detuvieron estremecidos, atenazados por el temor; incluso Ayax se detuvo, inmovilizado, mientras restallaban y resonaban los truenos y los relámpagos formaban un fantástico encaje en las nubes. La lluvia comenzó a caer por fin en enormes y pesadas gotas, escasas y duras, como si el dios estuviera demasiado conmovido para llorar relajadamente. El ritmo de la lluvia aumentó  y nos debatimos en un mar de barro. Entre la cortina de lluvia lo tendimos en unas andas mientras el Padre lavaba su sangre con lágrimas celestiales.
 
 
 "La Canción de Troya" Colleen MacCullough
 
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3 pensamientos en “LA CANCION DE TROYA

  1. "Aunque
    debería haberme desanimado, inexplicablemente no fue así. En lugar de
    ello me sentía optimista, como si algo de ell@ influyera en mí."Existe una mágia tán proporcional al optimismo, como el peaje que tú Alma paga cada vez que llega el momento de distanciar los Corazones…(los nuestros).Con tú armadura te sobrepones al desánimo, esperando,(deseando) que la próxima vez, la Tierra sea capaz de girar más lenta…..aunque sea un milímetro a la hora…..Ariel me lo contó.

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