CUENTOS DE LOS GENIOS DEL NILO

CUENTOS DE LOS GENIOS DEL NILO

 

 

 

Ani siempre había tenido buena intuición, bastaba que apareciese en su mente el nombre de alguien para que algo sucediera. Su corazón también acertó esta vez.

   

Había dudas e inquietudes que le acosaban. No eran acuciantes pero si continuas pues estaban como detenidas en algún lugar secreto del alma. Pero quizá hoy era un buen día para lidiar con ellas.

 

Sentía que la soledad que ahora buscaba era una forma de evitar la soledad de todos los días, la soledad en compañía.

 

Sus pensamientos vagaron sin dirección, como su propio caminar. Hoy era el día del festival de Hathor, la diosa del Amor, una palabra llena de incertidumbres. La gente se dirigía a las cercanías del templo de Hathor. Hoy sus sacerdotisas saldrían a las puertas y ofrecerían flores y cánticos a la gente congregada enfrente. Harían sonar acompasadamente sus sistros, al tiempo que con sus canciones loarían a la diosa. Las adoratrices sagradas, con su magia y la danza harían brotar todo el amor que en su interior cultivaron en la austeridad del templo, como perlas, como una bendición derramada sobre las cabezas del pueblo.

 

Las jóvenes bellamente engalanadas, partían hacia el lugar. Hoy no sólo era el día de Hathor, sino que también era el lugar preferido para la conquista de los corazones. Una atmósfera de belleza y encanto se expandía bajo la mirada de los más viejos, que reían con sorna ante el entusiasmo de los jóvenes galanes.

 

Ani resolvió marchar con ellos, necesitaba sumergirse en aquella ola de sentimientos que ondulante marchaba calle abajo hasta los alrededores del templo.

 

¡Qué bellas mujeres!, se decía Ani mientras miraba sus cabellos, sus ojos profundos como en ningún lugar del mundo. Ojos que hablaban de hechizos y al mismo tiempo limpios con la inocencia del adolescente.

 

 

La música aumentaba su intensidad, las gentes en su andar contoneaban sus cuerpos al compás de la misma. Ani no pudo evitar marcar el paso con sus sandalias al ritmo que, de alguna forma, le transportaba calle abajo. Su corazón se sentía alegre, brillante, parecía que hubiese pasado siglos en una caverna sin ver el Sol.

 

Cuando desembocó en la explanada la atmósfera era vibrante. A la izquierda se situaba el gran templo, entre sus pilonos avanzaba la procesión de las sacerdotisas, vestidas de lino blanco. En el centro en un carro portaba a una de ellas, quien apenas movía sus caderas siguiendo las cadencias de la música: era la represente este año de la diosa.

 

La gente jaleaba con sus palmas, las sonrisas se dibujaban en las caras de todos.

 

Los cantos festivos continuaron hasta que, en el espacio abierto frente al templo, se dispusieron en orden las sacerdotisas, cada una ocupó un lugar predeterminado, formando un gran círculo. El carro procesional quedó parado en el centro, mientras que las tañedoras, tamboriles y flautistas se situaron detrás a un lado.

 

Entonces el ritmo de la música se volvió diferente, misterioso, los sistros vibraron al tiempo que las flautas, con giros cambiantes, largos y cortos, anunciando el inicio del lento compás de los tambores, acentuando periódicamente por un gran tambor de piel.

 

Las suaves voces se alzaron desde el círculo de las sacerdotisas, primero con tonos bajos, melodiosos, y luego agitándose en ritmos como las olas del mar. La fascinación hizo presa de todos cuando la encantadora voz de la sacerdotisa cubierta en el centro del carro se impuso a las demás. A fe que si su cuerpo y cara eran como su voz, sería una digna representante de Hathor la Bella.

 

Sus registros subieron desde el Infierno a la Tierra y luego al Cielo, bajando de nuevo al Infierno, que ahora era hermosos también. Todo el amor del cielo, de la tierra, e incluso de los condenados, en sus muchas formas, se expresaban en la melodía. Hablaba del Amor como la forma misteriosa, primordial, que uniendo de mil maneras, eternamente, lleva a los seres humanos al camino de retorno a los dioses.

 

Ani sentía que el pecho le oprimía, un sentimiento que él mismo no quería reconocer, pero que lentamente, implacable, fue rompiendo las fibras de su corazón, hasta abrirse paso desde el lugar oculto donde había estado enterrado durante años. Una intensa melancolía, un ardiente deseo, como el del sediento en el desierto asomaron a sus labios.

 

El mismo no sabía de su intensidad, no quería creerlo, pero allí estaba, esperando agazapado, lo que nunca le abandonó.

 

¿Puede acaso el sediento olvidar lo que es el agua? ¿Por qué ahora? ¿Qué es lo había despertado aquel instinto dormido? ¿Quizá la estación, la fiesta, o más bien algo indefinido que todavía no había podido descubrir?

 

La música sublime, ya una con Ani, le llevó también hasta el cielo, que es un lugar al lado del infierno, y a veces en el mismo sitio. Porque existe una cosa que se llama gloria, y eso va más allá de lo que el cielo y el infierno significan para el común de las gentes. Así ángeles y demonios, todos juntos, no son más que formas patéticas

 

El era, él se sentía un ángel y también era un demonio. Horus y Set, los eternos enemigos, eran uno en su interior, toda la compasión acumulada, toda la rabia del instinto frustrado, todo el poder de iluminación, todo el poder de destrucción, toda la verdad pura, toda la verdad descarnada, la que sangra, la que quema, la que sarcástica ríe ante nuestras limitaciones y ante lo sagrado, pero que puede cruzar el abismo entre los ángeles y los demonios.

 

El cielo finalmente se abrió ante sus ojos cuando la bella sacerdotisa, entonando la última nota, descubrió su cara, haciendo que Ani entero cayera en pedazos. Un silencio, frío, glacial, expectante, se instaló en su interior, a pesar del bullicio del gentío alrededor.

 

¡Era ella, Nefer!, allí, tan cerca, a su lado, como siempre había estado y, al mismo tiempo, muy lejana tras la multitud que la rodeaba.

 

El destino conduce los pasos por caminos insospechados. La intuición, guía maravillosa, a la que en muchas ocasiones no se escucha ni se cree, se ocupa de entretejer sus mallas, guiada por un instinto superior, hacia lo que realmente es importante, hacia la finalidad de la vida.

 

 

 

( "CUENTOS DE LOS GENIOS DEL NILO"  (Capítulo 36) de Juan Martin Carpio. Edit. N.A. 

 

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