GILGAMESH

GILGAMESH-(Trozos de la conferencia de JAL)

 

Gilgamesh y su «doble luminoso» empiezan a recorrer el mundo y a hacer una serie de trabajos a la manera de Heracles. Esta serie de pruebas son como las pruebas cotidianas que cada uno de nosotros tenemos. Porque muchas veces nos preguntamos si no podríamos hacer como Heracles, si no podríamos hacer como alguno de los grandes hombres de la Historia: realizar alguna cosa que produjese un cambio total y profundo en la naturaleza circundante, en la historia y en la vida.

Pero a veces, no percibimos que todos nosotros, como si fuésemos Heracles, estamos dando vueltas en la vida venciendo enemigos constantemente, enemigos que pueden ser la inercia, enemigos que pueden ser el temor, enemigos que son, en general, la adversidad; que todos nosotros, cuando aparecemos en el teatro del mundo, cuando llegamos a la vida, entramos así como a través de una pequeña puerta y uno se encuentra con una serie de rostros de personas que le rodean, a algunos los conoce y a otros no, y siente ante el mundo la curiosidad del conocimiento, y sentimos la curiosidad de saber quiénes somos. ¿No nos pasa a todos lo mismo? De golpe nos encontramos en medio de una familia, de un pueblo, de una ciudad, de un país, de un mundo y nos preguntamos ¿qué es esto que nos rodea? Y empezamos a adaptarnos y a cumplir nuestro propio rol allí donde nos encontramos.

Hubo un momento en que entramos a este teatro de la vida por una puerta… y salimos del mismo por otra puerta sin saber, muchas veces, ni por qué entramos ni por qué salimos.

Enkidu muere, y es notable la ternura con la cual Gilgamesh se dirige a su entrañable compañero: le toca, le palpa, le habla… Ve que no le contesta y le pregunta: «¿Qué es este sueño tan profundo que te ha cogido?» Cree que se trata de un sueño profundo que le embarga. Gilgamesh le habla así: «¿Qué pasa que ya no me contestas? Tu corazón no late, tus manos no se mueven, ¿tan dormido estás?» Gilgamesh se va por las montañas y por los prados pensando en Enkidu muerto. Y se pregunta si también sus manos que hoy se mueven estarán un día paralizadas y como ajenas, y si sus ojos no verán ya, ni su boca pronunciará palabras. Se dice que tiene que saber la verdad, saber dónde está Enkidu, si es que está en alguna parte… «¿Qué me va a pasar a mí, qué les va a pasar a todos los hombres?»

El héroe se pregunta sobre su propia suerte y la de todos los hombres. Decide ir al fondo mismo del Misterio y descender a los infiernos, como tantos otros seres mitológicos, para rescatar a su amigo Enkidu. En el descenso a los infiernos encuentra también una serie de dificultades. Tiene que encaminarse hacia donde el Sol cae; tiene que cruzar enormes océanos; tiene que vencer varios enemigos; por ejemplo, una pareja de escorpiones que le cierran el paso. El escorpión fue siempre símbolo de la muerte, de la muerte de la personalidad, de la muerte de la carne. Va a tener que vencer también a una pareja de hombres-águila, un hombre y una mujer, que le cierran el paso.

Él busca algo; sabe que alguien poseyó alguna vez la inmortalidad, eso lo oyó decir.

 

De ahí queda el Mito de Gilgamesh como el del Inmortal que va atravesando el tiempo, va atravesando todos los tiempos, todas las humanidades. En las tabletas reza: «Tú que me lees; en el tiempo en que estés, entre todos tus congéneres, entre todos aquellos que estén contigo está siempre Gilgamesh.» ¿A qué se refiere? ¿Se refiere a que hay algún hombre que a través de toda la humanidad no ha muerto jamás, y que simplemente se cambia de ropa sin que nos demos cuenta de ello? ¿O tendrá tal vez un sentido más interno? ¿No se referirá a que dentro de nosotros mismos existe, de alguna manera, un Gilgamesh? ¿No existirá en nuestro interior alguien que sueña, que quiere combatir dragones, que quiere atravesar montañas, que quiere saber si es realmente inmortal?

Cuando, por ejemplo, nos referimos a la Acro-polis, o sea, a la «Ciudad Alta»; nos referimos a ese fenómeno psicológico de tener en nuestro interior una «Ciudad Alta», una montaña, que sin embargo, por lo general, no nos atrevemos a escalar. No nos atrevemos a descubrirnos a nosotros mismos, a hablar de lo que sentimos, a escribir lo que pensamos o a vivir de la manera que tendríamos que vivir. Y damos vueltas y vueltas alrededor de nuestra montaña, como da vueltas un perro antes de acostarse. Y al fin…, la vida nos acuesta sin haber escalado nuestra montaña interior.

Es preciso que podamos retroceder dentro nuestro, tener noción de nuestra atemporalidad, hacer surgir en nosotros aquello que de grande e importante podamos tener. Todos nosotros podemos hacer surgir lo grande e importante.

Un ser humano no es tal porque tenga dos ojos, cabello, brazos y piernas, sino que lo es porque tiene algo más, algo que le diferencia como ser humano: una vida interior.

Esa vida interior yace en cada uno de nosotros y está también en medio de nosotros. Esa vida interior no se puede extraer de simples maneras, sino que se la ha de extraer de profundas y fuertes maneras. El hombre tiene el tamaño de aquello que se atreve a hacer.

Ese Gilgamesh que podría volver a decir: «Yo soy una puerta que deja pasar el viento, que no apresa nada; yo soy una vasija que deja escurrir el agua, que no la retiene ni la esclaviza.» Este Gilgamesh que puede descender hasta el fondo del mar en busca de la inmortalidad. Este Gilgamesh que todavía está en cada uno de nosotros. Este Gilgamesh que se asoma en cada primavera bajo la forma de hojas de árboles más allá de los troncos que están secos…, que se asoma otra vez en las cunas en la forma de niños, que se asoma en las noches en la forma de las nuevas estrellas; ése que se formará mañana con el nuevo Sol que va a surgir.

Aquí está el sentido de una juventud perenne o, como dirían los presocráticos, esa «Afrodita de Oro» que nos permita ser eternamente jóvenes, eternamente agresivos ante la vida, en el real y verdadero sentido de la palabra. Que nos permita, como nuevos Leónidas, poder resistir las Termópilas del Destino; hacernos seguir de hombres, y que los hombres sean nuestros amigos y nuestros compañeros, y seguir, nosotros también, a los hombres más nobles, a los más valientes y virtuosos.

 

Esos impulsos, esas virtudes y esas fuerzas que están solamente adormecidas en nosotros, no han desaparecido.

Lo que tenemos que hacer es tratar de ver qué parte en nosotros es capaz de levantarse, qué parte en nosotros es capaz de coger esas estrellas y traerlas a la Tierra. Yo sé que, a veces, estamos en una noche; bien es cierto que éste es un oscuro momento donde hay materialismo, sé que hay explotación, sé que hay ignorancia, sé que hay lucha, que hay violencia, que hay incomprensión para muchas cosas… Pero también sé que en la noche más oscura, si logramos prender una pequeña hoguera nos servirá para iluminarnos y entibiar nuestro cuerpo, y además, se verá desde muy lejos. Y si logramos hacer muchas hogueras en la Tierra, vamos a reproducir el fenómeno celeste de las estrellas encendidas.

Desde los más antiguos barcos hasta las más modernas aeronaves todavía se guían por las estrellas fijas. Yo creo que las humanidades también se guían por los «Hombres-Antorcha», por aquellos que saben arder.

Dentro de cada uno de nosotros puede surgir esa llama, esa fuerza. Esa fuerza hace cambiar todo el sentido de nuestra vida. Esa fuerza nos hace entender los viejos mitos y los nuevos problemas. Esa fuerza permite dirigirnos a los hombres con maneras simples, con palabras sencillas…, y ser entendidos. Esa fuerza nos permite construir, recrear, unirnos, amar… Es la Fuerza Interior, la única fuerza que vale, la única fuerza real y espiritual. Porque no es una fuerza de contemplación, sino una fuerza erecta como una lanza, una fuerza que es capaz de luchar por lo que cree, de vibrar por todo aquello que siente, como un arpa eólica que puede colgarse entre las ramas de un árbol y el solo viento la hace sonar.

Tenemos que atrevernos a soñar tres veces como Gilgamesh con un hacha luminosa para que descienda junto a nosotros el compañero de aventuras. Tenemos que recrear de nuevo en los hombres el sentido caballeresco de las proezas y en las mujeres el sentido que inspira las proezas, como lo hacen las auténticas damas. Tenemos que recrear dentro de nosotros la fuerza capaz de poder vencer el destino y los astros. Hoy hablamos de astrología, hoy hablamos del destino, hoy hablamos de presión del medio, etc.; mas, si fuésemos realmente fuertes, si tuviéramos un motor propio, todas esas circunstancias serían aprovechadas y vencidas.

Que cada una de las dificultades y adversidades sean simples peldaños bajo nuestros pies; y, así, llevaremos cada uno de nosotros dentro nuestro al viejo Gilgamesh; tendremos también el recuerdo de esa serpiente que se nos lleva una inmortalidad soñada, pero que nos da una inmortalidad real; tendremos el recuerdo de nuestras proezas y podremos dejar este mundo sin irnos jamás; porque permaneceremos, de alguna forma y de alguna manera, más allá de estos grandes engañadores que son el Tiempo y el Espacio.

Lo que importa es lanzarse hacia adelante, tener fe en un Ideal, tener fe en sí mismo, ser nuevos Gilgamesh, cada uno de nosotros. ¿Todos tal vez…?

  Prof. Jorge A. Livraga(Conferencia- fragmentos)

 

 

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